Lo que me enseñó mi hija
La llamé tres semanas después. Hoy Irene viene los jueves a tomar el té con mi mamá mientras yo duermo una siesta, y Benjamín ya la reconoce y le estira los brazos.
A veces pienso en ese vuelo. Yo subí al avión cargando un duelo, un bebé con hambre y el cansancio de un mes entero sin dormir. Creí que lo más difícil iba a ser llegar. Pero ese día mi hija de ocho años me defendió sin levantar la voz, cumplió el pedido de su papá y le dio a una desconocida la oportunidad de sanar algo que llevaba cuarenta años escondido.
Andrés siempre decía que Abril tenía el corazón más grande de la casa. Ese día lo demostró a diez mil metros de altura.
