Hacía un mes que habíamos enterrado a Andrés. Yo casi no dormía, casi no comía y todavía me despertaba buscándolo del otro lado de la cama. Cuando mi mamá me pidió que fuera unos días a su casa con los chicos, dije que sí sin pensarlo. Necesitaba que alguien me sostuviera a mí, aunque fuera por una semana.
Así terminé en un vuelo de seis horas con Benjamín, mi bebé de cinco meses, y Abril, mi hija de ocho, sentada una fila detrás porque el avión iba lleno.
