Vendió su casa para que su nieto estudiara ingeniería y él se avergonzó de ella el día de su graduación

Lo que nadie esperaba
Estaba por cruzar la puerta cuando escuchó pasos apresurados a su espalda. Eran el decano de la facultad, dos profesores y un grupo de estudiantes que corrían para alcanzarla.

—Señora Rosa, por favor, espere —dijo el decano, sin aliento—. ¿Usted es la abuela de Mateo?

Ella asintió, confundida. El decano le explicó que, en su examen de ingreso, Mateo había escrito un ensayo sobre la mujer que vendió su casa para que él pudiera estudiar. Esa historia había conmovido a toda la facultad. Desde entonces, él la contaba cada año en la bienvenida a los nuevos alumnos, y muchos estudiantes de bajos recursos se habían animado a seguir adelante gracias a ella.

—Su sacrificio nos recuerda para qué estudiamos —dijo una profesora, con los ojos llenos de lágrimas—. Hoy esperábamos conocerla para agradecerle.

Los estudiantes la rodearon, le tomaron las manos y la acompañaron hasta una silla. Doña Rosa lloraba, pero ya no de tristeza.

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