—Las casas se pueden perder. Las oportunidades como esta, no —dijo.
Esa misma semana puso el cartel de venta. Se mudó a una pieza alquilada, de una sola ventana, y guardó sus pocas cosas en dos valijas. Con el dinero pagaron la matrícula, el alquiler en la ciudad y los libros. Doña Rosa nunca se quejó.
Los años en los que Mateo cambió
Al principio, Mateo llamaba todos los domingos. Agradecía, contaba sus exámenes y preguntaba por el limonero. Pero con el tiempo empezó a rodearse de compañeros de familias acomodadas. Descubrió los relojes caros, los restaurantes, los viajes de vacaciones. Las llamadas se fueron espaciando y las visitas al pueblo se volvieron cada vez más breves. Cuando venía, miraba con incomodidad la pieza alquilada y la ropa gastada de su abuela.
Doña Rosa lo notaba todo y no decía nada. Seguía cosiendo manteles por encargo para mandarle un poco de dinero extra.
El día de la graduación
Cuando llegó el gran día, Mateo llamó a su abuela. Fue una conversación incómoda.
—Abuela, en la ceremonia va a haber mucha gente importante. Quizás sea mejor que no vengas.
—Mateo, yo no me perdería este día por nada del mundo —respondió ella, con una calma que lo desarmó.
Viajó seis horas en autobús con su mejor vestido, una blusa que ella misma había planchado la noche anterior y un pequeño ramo de flores del patio de una vecina. Al llegar, se quedó parada en la entrada, deslumbrada. Autos de lujo, trajes a medida, joyas, conversaciones sobre inversiones y viajes al extranjero. Aun así, se sintió orgullosa. Cada centavo de su casa había valido la pena.
Al terminar la ceremonia, lo buscó entre la multitud. Lo encontró rodeado de compañeros y de familias elegantes. Se acercó sonriendo y le entregó las flores.
—Felicitaciones, mi niño. Lo lograste.
Por un segundo, Mateo se quedó helado. Uno de sus amigos preguntó quién era la señora.
—Una pariente lejana del pueblo —respondió, sin mirarla.
Doña Rosa sintió que algo se rompía por dentro. Pero lo peor todavía no había llegado. Mateo se inclinó y le susurró al oído:
—Abuela, por favor, no me avergüences con tu aspecto. Sería mejor que te fueras.
No hubo gritos ni reproches. Ella lo miró un instante, bajó la vista y dijo en voz baja:
—Está bien, nieto.
Y se dirigió hacia la salida con el ramo vacío entre las manos.
