Cuando se conocieron, Elena trabajaba archivando documentos en una clínica de salud sin fines de lucro en Oak Cliff. Julian había asistido a un evento público de donación allí.
En aquel entonces, él había sido encantador y atento. Le dijo que estaba cansado de las mujeres ricas y superficiales y que le encantaba que Elena fuera auténtica y sencilla.
Ella le creyó.
Sin embargo, después de casarse, los comentarios cambiaron poco a poco.
“Hablen menos en las cenas.”
“No menciones que creciste en la pobreza.”
“Ese acento incomoda a la gente.”
Y esa noche, bajo las arañas de cristal del gran salón de baile, Julian fue aún más allá.
—Quédate cerca de la cocina o de los baños —susurró—. No te presentes como mi esposa esta noche. Si alguien te pregunta, diles que trabajas para el evento.
Elena lo miró fijamente.
Sus dedos se cerraron instintivamente alrededor del viejo collar de plata que colgaba de su cuello.
Tenía forma de medio sol y fue hecha a mano hace décadas.
Rosa se lo había dado a Elena poco antes de morir.
