Mi marido me mantuvo escondida en la fiesta de su empresa porque le avergonzaba mi vestido barato…

La noche en que Julian Whitmore ordenó a su esposa que permaneciera escondida en el rincón más oscuro del salón de baile, Elena Vance vestía un sencillo vestido azul marino.

No tenía etiqueta de diseñador, ni tela cara, y solo una pequeña puntada reparada cerca del dobladillo que Elena había cosido ella misma esa tarde en la mesa de la cocina. Probablemente, el vestido entero costó menos de lo que algunas mujeres en la gala pagaron por sus zapatos.

Pero estaba limpio, cuidadosamente planchado y tenía un significado especial para ella.

Aquello le recordó a Elena a la mujer que la había criado.

Señora Rosa Bennett.

Una viuda bondadosa del sur de Dallas que vendía tamales, pan dulce y chocolate caliente casero desde un pequeño carrito de comida, y que treinta años antes había acogido a una niña huérfana que nadie más parecía querer.

Frente al histórico hotel Arlington Manor, en el centro de Dallas, Julian le arrojó las llaves de su Aston Martin negro importado al aparcacoches y miró a Elena de arriba abajo con evidente irritación.

Volvió a aparecer esa expresión familiar, la misma que ponía siempre que Elena le recordaba sus orígenes humildes.

—Por favor, Elena —murmuró, ajustándose nerviosamente su Rolex de oro—. Esta noche es crucial para mi futuro. La junta directiva está aquí. Los inversores están aquí. Senadores, directores ejecutivos… y, lo más importante, mi jefe.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Por eso vine. Para apoyarte.

Julian soltó una risa seca.

“No lo entiendes. Ese vestido…” Bajó la voz. “Pareces una camarera.”

Las palabras le hirieron más de lo que quería admitir.

No era la primera vez que la hacía sentir insignificante.

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