Una comunidad de duelo: honrar una vida, buscar justicia y encontrar esperanza.

En los días que siguieron, ocurrió algo extraordinario.

Desconocidos dejaron flores en la puerta de su casa. Vecinos que nunca se habían hablado intercambiaron números de teléfono. Un improvisado altar conmemorativo creció en la esquina de su calle: velas, fotografías, notas escritas a mano.

«No la conocía bien», admitió una vecina, conteniendo las lágrimas. «Pero la veía todas las mañanas, cuando salía para el trabajo con su café. Siempre sonreía. Siempre saludaba con la mano».

Eso es lo que hace el duelo. Nos recuerda que cada persona lo es todo para alguien. Nos despoja de nuestras ilusiones de seguridad y nos obliga a mirarnos de otra manera: con más ternura, con más urgencia.

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