Lo que dejamos frente a su puerta
Lo que yo no sabía era que la casita donde Julián vivía con Paola era de Teresa. Se la había prestado “por un tiempo”, creyendo su versión de que yo lo había echado.
Al amanecer dejamos a Sofía con doña Carmen y fuimos hasta allá en la camioneta de Teresa. Bajamos del maletero una cuna de madera blanca, vieja pero impecable: la cuna donde Julián había dormido de bebé, la que Teresa había guardado durante treinta y cinco años. La pusimos frente a la puerta, bloqueando la entrada. Adentro, sobre el colchón, dejamos un sobre con dos papeles: una carta documento que le daba treinta días para desocupar la casa y una copia del estado de cuenta donde se veía el retiro de nuestros ahorros.
Nos estacionamos al otro lado de la calle. A las siete y media se abrió la puerta. Julián tropezó con la cuna y gritó:
—¡Dios mío! ¿Quién hizo esto?
Teresa bajó de la camioneta.
—Yo —le dijo—. Esa cuna era tuya. Ahora es de tu hija. Y esta casa también es mía, así que tú eliges.
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