Teresa
Mi suegra y yo nunca nos quisimos demasiado. Ella me parecía una madre que le había perdonado todo a su hijo; yo a ella le parecía demasiado sensible. Cuando Julián se fue, dejó de llamarme, y di por hecho que había elegido bando.
Le conté todo: los ahorros, la otra mujer, la cesárea, la farmacia, la puerta cerrada. Se quedó callada tanto tiempo que pensé que se había cortado.
—Él me dijo que tú lo habías dejado —dijo al fin—. Que no querías que me acercara a la niña.
—Teresa, se fue seis semanas antes del parto.
—Entiendo —respondió—. Voy para allá.
Menos de una hora después estaba en mi puerta, con un abrigo sobre el pijama y bolsas del supermercado en las dos manos. Se lavó las manos, tomó a Sofía en brazos y se quedó mirándola como si el mundo hubiera desaparecido.
—Pasé treinta y cinco años haciéndole la vida demasiado fácil a ese hombre —murmuró.
Antes de irse me dijo que volvería por la mañana. Le pregunté para qué. Sonrió de una forma extraña.
—Porque tengo una idea.
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