La elección de Julián
Las condiciones de Teresa eran simples: devolver hasta el último peso de los ahorros esa misma semana y firmar ante un juez una pensión para Sofía. Si no, a la calle en treinta días.
Paola salió en bata a ver qué pasaba. Escuchó lo suficiente: que yo no lo había dejado, que la bebé sí era suya, que él le había mentido también a ella. Esa noche se fue a casa de su hermana y no volvió.
Julián devolvió el dinero en cuatro días. La pensión quedó firmada al mes siguiente. Mientras tanto, Teresa pagó de su bolsillo las terapias de Sofía, y nunca me permitió devolvérselo.
Un año después
Sofía ya camina agarrada de los muebles y no necesita más terapias. Teresa viene todos los jueves, le canta canciones que yo no conocía y le enseña a aplaudir. La cuna blanca está en mi departamento, junto a mi cama, y es donde duerme mi hija cada noche.
Julián la visita de vez en cuando. No sé si algún día será el padre que ella merece. Pero aprendí algo que no esperaba: a veces la ayuda llega de la persona que creías perdida, y a veces una madre quiere tanto a su hijo que por fin se atreve a decirle que no
