Después
Hubo semanas difíciles. Lloré, dudé, repasé una y otra vez cada detalle buscando las señales que no vi. Pero también hubo mañanas en las que me desperté sin ese nudo en el estómago, y entendí que no había perdido la confianza en mí misma: había perdido la confianza en él.
A veces pienso en el desconocido que me devolvió el teléfono. No hizo nada extraordinario. Solo fue amable, respondió una pregunta con honestidad y dijo un detalle. A veces, la verdad llega a nuestra puerta en el rostro de alguien que no tiene nada que ganar.
