Un lugar que no encajaba
Se detuvo y respondió con naturalidad. Me dijo que lo había encontrado en el pasillo de un edificio de apartamentos en la calle Los Almendros, al otro lado de la ciudad, a cuarenta minutos de la oficina de Andrés y del gimnasio. Mi esposo me había dicho que ayer había estado en esos dos únicos lugares.
—¿Está seguro? —pregunté.
—Segurísimo. Estaba junto a los buzones. —Dudó un instante y añadió lo que terminó de derrumbarlo todo—. El portero lo reconoció apenas lo vio. Me dijo que era del señor del 4B, que viene casi todos los martes y jueves.
Ayer era martes.
Me quedé quieta en el porche mientras el auto se alejaba. Tenía en la mano el teléfono de mi esposo y, de pronto, la historia que me había contado la noche anterior se deshizo como papel mojado.
La conversación
No lo llamé. No rompí nada. Preparé café y me senté a esperarlo. Cuando Andrés llegó esa noche, todavía con aire cansado, dejé su teléfono sobre la mesa.
—Lo encontraron —dije—. Un hombre me lo trajo esta mañana.
—¿Dónde estaba? —preguntó, aliviado.
—En el pasillo del edificio de la calle Los Almendros. El portero dijo que era del señor del 4B.
No se movió. Vi pasar por su cara la sorpresa, el cálculo y, por último, la derrota. No intentó negarlo. Me contó, con la voz quebrada, que desde hacía casi dos años visitaba a una mujer llamada Lorena, que cada vez que quiso terminar con todo no se atrevió y que perder el teléfono le había parecido una señal de que ya no podría seguir mintiendo.
—Lo siento, de verdad.
—Lo sé —respondí—. Pero sentirlo no cambia lo que hiciste.
Esa noche durmió en casa de su hermano. Mi madre vino a verme al día siguiente y me abrazó sin preguntar nada.
