Bruno nos siguió con pasos torpes.
En el porche, Mariana cerró los ojos mientras el aire le daba en el rostro.
Pareció tranquila durante unos minutos.
Entonces apareció el coche de Teresa.
La madre de Mariana bajó cargando una fuente con comida.
Cuando vio a su hija tan delgada bajo las mantas, su expresión cambió.
—Mi niña…
La besó en la frente.
Después miró a Bruno.
—¿También está aquí?
—Yo quería que estuviera —respondió Mariana.
Teresa me pidió hablar dentro.
En cuanto cerramos la puerta, dejó la comida sobre la mesa.
—Me dijo que anoche el perro estuvo en la cama.
—Sí.
—Andrés, eso no es higiénico.
—Ella lo necesitaba.
—Mi hija está muy débil.
—Lo sé.
Teresa me miró durante varios segundos.
—¿De verdad estás de acuerdo con tener al perro encima de ella?
No contesté inmediatamente.
Y aquella pausa fue suficiente.
Su mirada cambió.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Andrés.
Bajé la cabeza.
—Anoche Mariana me pidió que la abrazara y… no pude hacerlo al principio.
Teresa palideció.
—¿Por qué?
No quería decirlo.
Pero estaba agotado de esconderlo.
—Por el olor.
Teresa me miró como si acabara de golpearla.
—¿Te dio asco mi hija?
—No.
—Acabas de decir…
—Mi cuerpo reaccionó. Eso es diferente.
—Ella puede notar esas cosas.
—Lo sé.
Teresa apretó los labios.
—No puedes hacer que se sienta repugnante ahora.
Aquello me atravesó.
—Estoy intentando hacerlo lo mejor posible.
—Todos estamos intentando hacerlo lo mejor posible.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Y aun así no es suficiente.
Horas después me encerré en el baño.
Me senté junto a la bañera con el teléfono entre las manos.
Encontré un foro anónimo para cuidadores.
Personas que cuidaban a padres enfermos.
Esposas.
Maridos.
Hijos.Gente agotada que decía cosas que jamás habría dicho en una reunión familiar.
Escribí:
“Me dan arcadas cuando abrazo a mi esposa enferma. La amo. Me odio por sentir esto. ¿Qué me pasa?”
Tardé varios minutos en pulsar el botón para publicarlo.
Las primeras respuestas fueron compasivas.
“Tu cuerpo puede reaccionar aunque la ames.”
“Cuidar a alguien durante meses es agotador.”
“Sentí lo mismo con mi esposo y nunca dejé de quererlo.”
Lloré.
Después llegaron otros mensajes.
“Si te da asco, no la amas.”
“Ella merece algo mejor.”
“Estás pensando solo en ti.”
“Ve a abrazarla en vez de buscar comprensión aquí.”
Ese último comentario me dejó mirando la pantalla.
Porque, aunque doliera, había algo cierto.
Ninguna persona de internet podía sostener a Mariana por mí.
Guardé el teléfono.
Regresé al porche.
Mariana estaba medio dormida.
Bruno tenía la cabeza apoyada sobre su pie.
Teresa permanecía sentada junto a ella.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Mariana.
Podía mentir.
Podía seguir interpretando al esposo perfecto.
Pero estaba cansado.
—Escribí algo en un foro.
Teresa se tensó.
—¿Qué escribiste?
Miré a Mariana.
—La verdad.
Ella esperó.
—Conté que a veces mi cuerpo reacciona al olor. Que tuve arcadas. Que me sentí horrible por eso.
Teresa abrió los ojos.
—¿Le contaste eso a desconocidos?
—Sin nombres.
—¿Por qué harías algo así?
Mariana levantó una mano.
—Mamá.
—¿No te molesta?
Mariana me sostuvo la mirada.
—No.
Teresa parecía no entender.
Entonces Mariana dijo:
—Yo también puedo olerme algunas veces.
Sentí que el corazón me caía.
—Mariana…
—No soy tonta, Andrés.
Miró sus propias manos.
—Sé lo que le está pasando a mi cuerpo.
Luego volvió a mirarme.
—Lo que me importa no es si alguna vez te dan náuseas.
Hizo una pausa para recuperar el aire.
—Lo que me importa es si te vas.
Me acerqué.
—No me voy.
Mariana asintió.
—Entonces deja que la gente opine.
Aquella noche el mensaje anónimo terminó circulando fuera del pequeño foro.
Alguien lo había copiado.
De repente comenzaron a llegar notificaciones.
Unos defendían a aquel esposo anónimo.
Otros lo llamaban cruel.
La historia se convirtió en una discusión.
Poco después apareció una pregunta en el grupo privado de nuestra colonia.
“¿Esto habla de una pareja que vive por aquí?”
Sentí que la sangre se me iba de la cara.
Alguien más respondió que había escuchado algo.
No habían escrito nuestros nombres.
Todavía.
Pero era cuestión de tiempo.
Entré en el dormitorio con el teléfono temblando en la mano.
—Creo que nos encontraron.
Mariana abrió los ojos.
—¿El mensaje?
—Sí.
—Bueno.
Me quedé mirándola.
—¿Eso es todo?
Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.
—¿Qué quieres que haga? Apenas puedo levantarme de la cama. No voy a salir corriendo a perseguir a desconocidos.
A pesar de todo, solté una pequeña risa.
Después se me quebró la voz.
—Están diciendo cosas horribles.
Mariana estiró una mano hacia Bruno.
—La gente necesita que alguien sea el bueno y alguien sea el malo.
Me miró.
—Yo no necesito eso.
—¿Entonces qué necesitas?
—A ti.
Los días siguientes algunos vecinos empezaron a comportarse de manera diferente.
Seguían dejando comida.
Seguían saludando.
Pero ya no me miraban igual.
Y curiosamente aquello me alivió.
