Entonces salió a la luz la verdad, como siempre sucede en los pueblos: Lucía arrastraba grandes deudas heredadas de su padre. Sin pagarlas, perdería la última casa que le quedaba a su familia.
Cuando Don Alejandro se enteró, la duda lo envenenó.
—¿Te casaste conmigo por la herencia? —preguntó.
—Sí —admitió en voz baja—. Necesitaba dinero.
Los días se volvieron fríos. El silencio volvió a llenar los pasillos.
Luego llegó una carta anónima: números, acusaciones, insinuaciones crueles. Al ser confrontada, Lucía respondió con sinceridad.
—Sí, hubo hombres que se ofrecieron a pagar mis deudas.
—¿Y usted se negó?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque querían comprarme.
—¿Y acaso no te estaba comprando? —espetó.
Su mano golpeó su mejilla, no con ira, sino con dignidad herida.
—¿Cómo te atreves? —susurró ella.
