El viejo granjero dijo: "Me quedan tres meses; cásate conmigo y todo será tuyo".

Ella se fue.

Poco después, su salud empeoró drásticamente. El médico regresó con la mirada baja.

—Días —dijo.

Esa noche, Lucía regresó.

“No dejaré que mueras solo”, dijo.

Sosteniendo su mano temblorosa, ella le confesó todo.

Sí, necesitaba dinero. Pero me quedé porque te amaba. Me enamoré hace años, en silencio, con vergüenza. Cuando me propusiste matrimonio, elegí tres meses a tu lado en lugar de una vida entera de silencio.

Don Alejandro lloró.

—Yo también te amaba —confesó—. Tenía miedo de estar robándote tu futuro.

Se perdonaron. Se besaron, no fuera de tiempo, sino justo a tiempo.

Entonces sucedió lo imposible.

El tumor se redujo.

Los meses se convirtieron en años. Siete años completos.

Se volvieron a casar, esta vez con alegría. Trabajaron la tierra juntos. Lucía pagó sus deudas con orgullo.

Cuando el cáncer reapareció, ya no había milagros, pero sí paz.

Don Alejandro murió tomándole la mano.