El viejo granjero dijo: "Me quedan tres meses; cásate conmigo y todo será tuyo".

Parte 1 de 2

El viejo granjero dijo: "Me quedan tres meses; cásate conmigo y todo será tuyo".

Su respuesta le robó el aliento.**

A sus setenta y tres años, Don Alejandro Ruiz ya no esperaba que la vida lo sorprendiera. Sus días transcurrían con una monotonía mecánica, resonando en una gran casa donde la risa había muerto dieciséis inviernos antes, cuando María , su esposa, falleció y, sin saberlo, se llevó consigo el calor de las comidas compartidas, el motivo para levantarse antes del amanecer, incluso su costumbre de silbar por los pasillos.

Desde entonces, la finca conocida como La Esperanza Final se había convertido precisamente en eso: un refugio para un hombre que aún vivía, pero cuyo corazón siempre iba un paso por detrás de su cuerpo.

El pueblo lo respetaba, le temía levemente y lo observaba con la reverencia peculiar reservada a los hombres dueños de tierras, historia y silencio. No era cruel. No era afectuoso. Simplemente estaba cansado: cansado de comer solo, de hablarle a los retratos, de responder solo a sus propios pensamientos.