El viejo granjero dijo: "Me quedan tres meses; cásate conmigo y todo será tuyo".

Hasta que el médico de la ciudad —el único con equipo moderno y una voz que sonaba a sentencia definitiva— le dijo la verdad: cáncer de estómago avanzado.
«Tres meses», dijo el médico con suavidad. «Quizás cuatro, si la suerte acompaña».

Don Alejandro salió de la clínica erguido, como quien sale de un funeral: íntegro por fuera, pero destrozado por dentro. No temía a la muerte. Temía morir como había vivido dieciséis años: solo.

Esa noche, Lucía preparó su guiso favorito. Tarareaba mientras lavaba los platos. Él la observaba como quien contempla un paisaje por última vez.

—Lucía —dijo cuando la cocina quedó en silencio.

“¿Sí, Don Alejandro?”

"Sentarse."

La palabra tenía peso. Obedeció, con el miedo reflejado en sus ojos: el miedo de quienes tienen poco que perder y a la vez todo que perder.

—Tengo cáncer —dijo con sencillez—. Me quedan tres meses.

El plato se le resbaló de las manos y se hizo añicos en el suelo.

—No —susurró—. No puede ser.