MI HIJA DE DIECISÉIS AÑOS DESAPARECIÓ DE UNA PLAYA CONCURRIDA SIN SU TELÉFONO, SUS SANDALIAS NI UNA SOLA EXPLICACIÓN.
OCHO AÑOS DESPUÉS, LA PRIMERA PISTA REAL QUE ENCONTRÉ NO FUE UNA LLAMADA A LA POLICÍA NI UN MENSAJE.
ERA UNA PRENDA DE COLOR TURQUESA DESGASTADA QUE LLEVABA UN DESCONOCIDO.
Y en el momento en que vi el sol amarillo torcido bordado en el dobladillo, supe exactamente a quién había pertenecido.
Mi hija Nora desapareció cuando tenía dieciséis años.
Habíamos pasado el día en una playa abarrotada.
Me dijo que iba caminando hacia el puesto de helados que estaba al final del camino.
La vi marcharse.
Todavía recuerdo haber pensado cuánto había crecido ese año.
Transcurrieron veinte minutos.
