Cuando una pareja salió del restaurante sin pagar su cuenta de 400 dólares, lloré porque sabía que ese dinero tendría que salir de mi bolsillo.
En aquel momento, me pareció lo peor que podía pasar.
En cambio, se convirtieron en los 400 dólares más afortunados que jamás perdí.
Cuatrocientos dólares no era una cantidad pequeña de dinero para mí.
Eran provisiones para casi dos semanas.
Podría cubrir la factura de la luz y aún sobraría suficiente para ahorrar algo para la matrícula del próximo semestre.
Para personas como la pareja sentada en mi sección aquella noche de viernes, 400 dólares podrían haber sido el precio de una buena cena.
Para mí, se trataba de sobrevivir.
