Luego regresaron.
Lo más importante es que dejaron de esperar que los demás asumieran las consecuencias de su conflicto.
Lily mejoró casi de inmediato.
Sus ausencias en las tareas asignadas se hicieron menos frecuentes.
Sus calificaciones en los exámenes mejoraron.
La expresión tensa con la que había entrado en mi clase empezó a desaparecer.
Y poco a poco, nuestra relación fue tomando forma propia.
Nunca intenté convertirla en Maggie.
Nunca pregunté si a Maggie le habrían gustado los mismos libros.
Nunca comparé sus personalidades.
Lily merecía la libertad de existir sin ser comparada con una chica a la que apenas conocía.
Una mañana, al llegar a la escuela, encontré una novela de misterio sobre mi pupitre.
Había una nota adhesiva en la portada.
Sonreí incluso antes de leerlo.
Entonces vi las palabras.
Tía Rachel, puede que este te guste.
Dejé de respirar por un instante.
Tía Rachel.
Volví a leer esas dos palabras.
Y otra vez.
Para cuando llegaron mis alumnos, ya había escondido la nota dentro de mi escritorio porque sabía que lloraría si la volvía a ver.
Esa misma tarde, me lo llevé a casa.
Paul estaba en la cocina.
Se lo entregué sin darle ninguna explicación.
Lo leyó.
Sus ojos se detuvieron en las dos primeras palabras.
Entonces me miró.
“¿Qué se siente?”
Reflexioné sobre la pregunta.
“Feliz.”
Entonces añadí en voz baja: “Y triste”.
Pablo asintió.
Él lo entendió.
Extendió la mano hacia la mía.
Entonces, recordando la distancia que le había pedido, se detuvo antes de tocarme.
Durante varios segundos, su mano permaneció entre nosotros.
Esta vez, fui yo quien acortó la distancia.
Deslicé mis dedos en los suyos.
Porque amar a Lily no significaba volver a perder a Maggie.
Y perdonar a Paul no significaba fingir que nunca me había hecho daño.
La curación no fue un reemplazo.
No se trataba de olvidar.
Fue aprender que el amor podía continuar sin borrar lo que había existido antes.
Maggie seguía sin estar allí.
Ninguna reunión, disculpa o nueva relación podría cambiar eso.
En mis recuerdos, ella siempre tendría ocho años.
Siempre me preguntaba cómo habría cambiado su voz.
Qué libros le habrían encantado.
Si me habría mirado con desdén a los dieciséis años.
Si ella hubiera querido tomar prestada mi ropa o si considerara que todo lo que poseía era irremediablemente vergonzoso.
Esas preguntas siempre me pertenecerían a mí.
