La mañana en que todo cambió, el cielo se despejó con un brillo invernal tenue que hacía que los charcos relucieran como cristal, y Lydia Cross, de siete años, estaba sentada en su silla de ruedas al borde de la ventana de su habitación, observando la vida transcurrir a una distancia de la que había aprendido a no quejarse en voz alta.
Dos años antes, su mundo había cambiado radicalmente en un instante en una carretera mojada por la lluvia, cuando las luces giratorias y el chirrido de los neumáticos transformaron un simple viaje en coche en un antes y un después que jamás imaginó. Los médicos calificaron su supervivencia de extraordinaria. Dijeron que su parálisis era permanente. Y la silla de ruedas que llegó después se convirtió en una extensión de su cuerpo, siempre presente, siempre recordándole las partes de sí misma que ya no respondían a sus llamadas.
Sin embargo, Lydia poseía una dulzura que el dolor no había logrado aplastar.
