Todas las ciudades tienen espacios que pasan desapercibidos: estructuras por las que la gente pasa a diario sin realmente fijarse en ellas, porque prestarles atención implicaría aceptar problemas que no tienen soluciones fáciles.
Uno de esos lugares se alzaba más allá de las vías de carga abandonadas, en el extremo sur de la ciudad, donde la lluvia se acumulaba en el asfalto agrietado y los muros de ladrillo se derrumbaban como si estuvieran cansados de permanecer en pie tras tantos años de incógnito.
