Los fondos eran escasos. Las reparaciones se postergaban indefinidamente. Cada animal que llegaba requería una evaluación silenciosa: quién podía recibir ayuda inmediata y quién tendría que esperar. E incluso entre tantos animales marcados por el trauma, había un recinto que tenía una gravedad que nadie mencionaba abiertamente.
Estaba situado al final del pasillo principal, donde la iluminación se atenuaba ligeramente y las conversaciones bajaban de volumen por sí solas, guiadas más por el instinto que por las instrucciones.
Una llamativa etiqueta de advertencia roja colgaba de una puerta reforzada, con un mensaje inequívoco:
NO SE ACERQUE — ALTO RIESGO
Debajo había un solo nombre.
Guardabosque.
Ranger era un pastor belga malinois, alto y de complexión robusta, con un pelaje oscuro y grisáceo veteado de plata por la edad y el estrés. El confinamiento no había mermado su fuerza. Una cicatriz irregular le cruzaba el hocico, deformando un lado de su rostro en una expresión que la mayoría interpretaba como ira. Pero eran sus ojos los que los inquietaban: su constante vigilancia, la forma en que nunca se suavizaban ni se desviaban, como si una parte de él estuviera siempre en otro lugar, atenta a cualquier peligro.
