Se sentó junto a Noé durante una larga noche en la que la fiebre mantuvo al niño despierto.
Derek no era solo un miembro de la familia de nombre.
Él apareció.
Michael lo llamó mientras corría hacia el ascensor.
—Acabo de recibir una llamada de Noah —dijo Michael—. El novio de Lena le pegó con un bate de béisbol. Estoy a veinte minutos. ¿Dónde estás?
Hubo una breve pausa.
Entonces Derek respondió.
“Estoy a unos quince minutos de tu casa. ¿Quieres que pase?”
“Vete ahora. Voy a llamar al 911.”
“Ya me estoy mudando.”
Eso era todo lo que Michael necesitaba oír.
Derek tenía experiencia en peleas desde hacía años, pero eso no fue lo que hizo que Michael confiara en él. Fue el control en su voz.
Derek comprendía la diferencia entre la ira y la acción.
Sabía que no se trataba de demostrar nada. Se trataba de poner a salvo a Noah.
Michael llamó a los servicios de emergencia y dio todos los detalles que tenía. El nombre de Noah. La dirección. El nombre de Travis. Las palabras que Noah había pronunciado. La amenaza que Michael escuchó antes de que se cortara la comunicación.
El operador preguntó si Noah estaba herido.
—Sí —respondió Michael.
Preguntó si el hombre adulto podría seguir dentro.
“Creo que sí.”
Explicó que se enviarían agentes y le recordó a Michael que Derek debía evitar el enfrentamiento si podía.
Michael entendió la instrucción.
Pero comprenderlo no hizo más fácil la espera.
El tráfico avanzaba lentamente. Cada semáforo parecía una barrera más entre él y su hijo.
Entonces llamó Derek.
“Estoy a dos cuadras”, dijo.
Michael agarró el volante con fuerza.
“Manténgase en la línea.”
Pasaron unos instantes.
Entonces la voz de Derek cambió.
“Veo la casa.”
