“Doña Carmen…”
Me acerqué y le tomé la mano.
Hacía frío.
Qué frío.
Las lágrimas me llenaron los ojos al instante.
Aquella pequeña habitación, antaño impregnada del aroma de la sopa caliente y de conversaciones tranquilas, ahora se sentía dolorosamente vacía.
Llamé a una ambulancia.
Cuando llegaron los paramédicos, confirmaron lo que yo ya sabía.
Paro cardíaco durante la noche.
Los vecinos comenzaron a reunirse frente a la casa.
—Pobre mujer… siempre estaba sola —susurró alguien.
Otro vecino me miró y dijo con suavidad:
“Eras como de la familia para ella.”
Esas palabras me rompieron algo por dentro.
Porque yo solo había ido a limpiar su casa.
Pero en algún punto del camino…
Se había convertido en algo así como una abuela.
Un funeral sin familia
Su funeral fue muy sencillo.
Dolorosamente simple.
De hecho, casi no vino nadie.
Solo unos pocos vecinos.
Y yo.
Ninguno de sus hijos apareció.
No se permiten llamadas telefónicas.
No hay flores.
Nada.
Cuando terminó el breve velatorio, el gerente de la funeraria se me acercó.
“¿Eres Diego?”
"Sí."
“La señora te dejó esto.”
Me entregó un sobre.
En el anverso, escritas con letra temblorosa, estaban las palabras:
“Para Diego.”
La carta que lo cambió todo
Me temblaban las manos al abrirlo.
Dentro había una carta escrita a mano.
Comencé a leer.
“Querido Diego,
Si estás leyendo esto, significa que me he ido.
Perdóname por no haberte pagado nunca el dinero que te prometí.
