El trabajo que parecía demasiado simple
Un estudiante pobre aceptó una vez un pequeño trabajo limpiando la casa de una anciana que vivía sola en un callejón estrecho.
Estaba débil y apenas podía caminar. Al verla sufrir, el joven no se limitó a cumplir con su trabajo. Empezó a cocinar para ella, a ir al mercado e incluso a llevarla al hospital cada vez que su salud empeoraba.
Pasaron los meses.
Sin embargo, la anciana nunca le pagó el dinero que le había prometido.
Un día ella falleció… dejando tras de sí una única carta que cambiaría su vida para siempre.
Un estudiante que lucha por sobrevivir
Mi nombre es Diego . Tengo veintiún años y soy estudiante de tercer año en una universidad de Guadalajara .
Para cubrir la matrícula y los gastos diarios, acepto cualquier trabajo que encuentre: dar clases particulares, trabajar en una cafetería, ayudar a la gente a limpiar sus casas.
Así fue como conocí a Doña Carmen .
Cuando llegué a su casa por primera vez, me sorprendió lo frágil que parecía.
Era extremadamente delgada. Su cabello era completamente blanco y sus manos temblaban mientras descansaban sobre un bastón de madera.
Su casa era pequeña y estaba deteriorada por el paso del tiempo.
En el interior había objetos que parecían pertenecer a otra época: una radio rota, fotografías descoloridas colgadas en las paredes y una cama de madera cuya superficie se había desgastado con el paso de los años.
Explicó que sufría de reumatismo e hipertensión, lo que le dificultaba moverse.
Lo único que necesitaba era alguien que limpiara la casa una vez por semana.
La tarea era sencilla: barrer, quitar el polvo y lavar algunos platos.
Me prometió pagarme 200 pesos por visita.
Para un estudiante como yo, ese dinero importaba.
La soledad que comencé a notar
Con el paso de las semanas, comencé a notar algo más en su vida.
Su refrigerador casi siempre estaba vacío.
Por lo general, solo había unos pocos huevos y un puñado de verduras marchitas.
A veces, su única comida del día no era más que arroz blanco con un poco de salsa.
