Un día, mientras navegaba por un grupo de Facebook que compartía ofertas de trabajo, me topé con una publicación en la que buscaban a alguien para limpiar la casa de Doña Carmen, una anciana que vive sola en un callejón estrecho cerca del centro de la ciudad.

Cuando le pregunté por qué vivía así, simplemente dijo que sus hijos vivían lejos y que no quería molestarlos.

Sentí lástima por ella.

Así que, después de terminar la limpieza, empecé a quedarme más tiempo.

Iba al mercado, compraba carne o pescado y le preparaba una comida como Dios manda.

Ella adoraba esos momentos.

Sus ojos se iluminaban cada vez que probaba un tazón de caldo caliente.

A veces, cuando el dolor en sus articulaciones se volvía insoportable, yo personalmente la llevaba al hospital público y esperaba a su lado hasta que recibía su medicamento.

Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó suavemente de la mano.

—Me recuerdas a mi hijo menor —dijo en voz baja—.
Él también era un buen chico.

Los meses sin pago
Pero los meses seguían pasando.

Y a pesar de todo…

Doña Carmen nunca me pagó un solo peso.

Ni una sola vez.

Aun así, seguí ayudándola.

Hasta el día de su muerte.

La mañana silenciosa
La mañana en que murió Doña Carmen fue gris y silenciosa.

Como si el mundo mismo se hubiera ralentizado.

Ese día llegué a su casa con una bolsa que contenía tortillas calientes, pollo y verduras para hacer sopa.

El viento soplaba por el estrecho callejón, levantando el polvo entre las paredes desgastadas.

Llamé a la puerta.

“Doña Carmen… soy Diego”.

Sin respuesta.

Pensé que aún podría estar durmiendo.

La puerta, como de costumbre, estaba sin llave, así que la abrí con cuidado.

En el interior, reinaba un silencio inusual en la casa.

Pesado.

Inquietante.

Me dirigí hacia su habitación.

Y entonces la vi.

Estaba tumbada en la cama con las manos apoyadas sobre el pecho.

Su rostro reflejaba paz.

Casi como si estuviera dormida.

Pero algo dentro de mí lo supo al instante.

Ella se había ido.

El momento en que todo se detuvo