a libertad no llegó con una sensación de alivio.
Llegó oliendo a gasolina, café quemado y metal frío: el inconfundible aroma de una estación de autobuses justo antes del amanecer. Sabía a un mundo que seguía en movimiento mientras yo permanecía inmóvil. Salí por las rejas de hierro con una bolsa de plástico transparente que contenía todas mis pertenencias: dos camisas de franela, un ejemplar desgastado de El Conde de Montecristo con el lomo roto y el pesado silencio que se acumula tras tres años de que te digan que tus palabras no importan.
Pero cuando mis botas tocaron el pavimento agrietado, mis pensamientos no estaban en la cárcel.
Ni en el ruido.
Ni en la injusticia.
