el perro que se quejaba bajito desde la parte trasera de la patrulla hasta que yo encendía la música que le gustaba. Era el que llegaba a casa después de un turno largo, apoyaba la cabeza sobre mis piernas y se quedó allí hasta que mi cuerpo dejaba de estar tenso.
También le daban miedo los truenos.
Eso siempre me había parecido extraño.
Podía entrar conmigo a una casa desconocida sin dudar, pero un estruendo lejano bastaba para que buscara dónde esconder la cabeza.
Bruno llevaba cinco años siendo mi compañero.
Yo me llamo Javier Mendoza. Tenía cuarenta y cinco años y trabajaba en una corporación de seguridad municipal en una ciudad mediana del centro de México.
Habíamos atendido cientos de llamadas juntos.
Nunca pensé que una de ellas terminaría así.
Aquella tarde nos avisaron de una posible intrusión en una vivienda de una colonia tranquila. Había señales de que
