Ellie me dedicó ese enorme encogimiento de hombros que hacen los niños cuando no creen que algo sea importante.
Entonces ella dijo:
“Dice que la fresa también era tu fruta favorita.”
Dejé de lavar el plato que tenía en la mano.
“¿Mi favorito?”
“Sí.”
Ella ya estaba mirando la calle, preocupada de que el camión pudiera marcharse.
“Dijo que siempre elegías este cuando eras pequeño.”
Un extraño escalofrío me recorrió el cuerpo.
Porque tenía razón.
El pastel de fresas siempre había sido mi favorito.
No ocasionalmente.
Siempre.
A otros niños les encantaban los helados de paleta con forma de cohete, los helados con forma de muslo de pollo y esos helados con forma de personajes que tenían ojos de chicle.
Yo no.
Siempre elegía el pastel de fresas.
Desde que mi madre tenía que alzarme lo suficiente para que alcanzara la ventanilla del camión hasta que tuve edad suficiente para ir caminando yo solo con monedas de veinticinco centavos en el bolsillo.
Pero aquella infancia había ocurrido treinta años antes.
A cuatrocientas millas de distancia.
En Millbrook, el pueblo donde crecí y del que me fui cuando cumplí dieciocho años.
No había absolutamente ninguna razón por la que un conductor de camión de helados en mi vecindario actual debiera saber nada de eso.
Intenté encontrar la explicación obvia.
“Ellie, ¿le dijiste mi nombre?”
