a la
víctima”.
Se quedó quieto.
Luego soltó una risa breve.
—Es buena.
—Es autobiográfica.
—También.
Me senté frente a él.
—Nunca preguntaste qué hacía cuando tú no estabas.
Cerró la libreta con cuidado.
—Pensaba que conocerte era saber dónde habías nacido, qué estudiabas y cómo tomabas el café.
—Eso lo sabía mi camarero.
Asintió.
Esta vez sonriendo con tristeza.
-Si.
Volví a actuar en un pequeño local cuando las náuseas empezaron a darme tregua.
Julian pidió ir.
Acepté con una condición:
—Si no te ríes, al menos compra dos bebidas. El apoyo económico también tiene su encanto.
Se sentó al fondo.
Cuando subí al escenario, lo vi sosteniendo un vaso de agua entre las manos.
Conté mis cinco minutos.
La gente se rio.
Yo también.
Después me esperó junto a la salida.
—Estuviste increíble.
Lo miré.
No sentí el impulso de correr hacia él.
Sentí algo más tranquilo.
A mí
