—No lo sé —dijo, tragando saliva—. Pero debió de ser urgente.
“¡Dios mío! ¿Qué le pasa a nuestra hija?”
—Llama al hospital —dijo Daniel—. Y a Kendra. Alguien tiene que dar explicaciones.
Kendra no respondió.
Para la cuarta llamada, la expresión de Daniel había cambiado por completo. Ya no era solo miedo: era ira. El tipo de ira que solo había visto unas pocas veces en nuestro matrimonio.
Agarró una toalla y sacó a Sofía de la bañera. "Intentémoslo de nuevo".
Corrimos al hospital.
Tras varias explicaciones tensas en recepción, nos llevaron a pediatría.
Entró un médico que no reconocí.
Examinó a Sophia con detenimiento mientras yo permanecía lo suficientemente cerca para observar cada uno de sus movimientos. Le tomó la temperatura, comprobó su respiración y examinó la incisión.
Él asintió una vez, y eso, de alguna manera, me dio aún más ganas de gritar.
Finalmente, dio un paso atrás. “Está estable. La intervención fue un éxito.”
Lo miré. "¿Qué procedimiento?"
