Camila creció inteligente, hermosa y ambiciosa. Se graduó como abogada con honores, y yo lloré en esa ceremonia como si el mundo entero me hubiera sido devuelto. Poco después conoció a Andrés, un empresario diez años mayor, dueño de una constructora reconocida en la ciudad. Se casaron en una boda espléndida a la que asistí con un vestido sencillo que yo misma me había cosido. Recuerdo que Camila me miró y me dijo, medio en broma, medio en serio: «Mamá, podrías haberte comprado algo más elegante. Hoy hay gente importante». Yo sonreí. Pensé que eran los nervios.
La invitación que parecía un regalo
Un año después de la boda, cuando la artritis empezó a impedirme trabajar y las cuentas se volvieron difíciles, Camila me propuso vender mi casita y mudarme con ellos. «Tienen una habitación gigante para vos, mamá. Vas a estar mejor atendida», me dijo. Yo dudé. Esa casa era lo último que me quedaba de Ricardo. Pero acepté, porque la extrañaba, porque quería estar cerca de ella, porque pensé que en la vejez una madre merece dormir bajo el mismo techo que su hija.
Vendí la casa. El dinero, unos ahorros bastante importantes, lo guardé en una cuenta a mi nombre. No se lo dije a Camila porque no me pareció necesario. Ella tenía todo. Yo también quería tener algo, aunque fuera para mis remedios y mis pequeños gustos.
Los primeros meses en la mansión fueron amables. Andrés era cortés, aunque distante. Camila estaba ocupada con su bufete. Yo me dediqué a lo que sabía hacer: cocinar, ordenar, cuidar el jardín, esperar a que llegaran cansados para servirles la cena. Con el tiempo, sin embargo, algo cambió. Camila empezó a hablarme con impaciencia. Se molestaba porque yo dejaba mis zapatillas en la entrada, porque encendía la televisión demasiado fuerte, porque olía a lavanda el aceite con el que untaba mis rodillas. «Mamá, esta no es tu casita de barrio», me decía. Yo bajaba la cabeza y me tragaba las palabras.
La acusación
Todo estalló una tarde de octubre. Camila entró a la casa como un huracán, subió a su vestidor y bajó minutos después con los ojos encendidos. Me buscó en la cocina, donde yo pelaba papas para la cena.
«¿Dónde está mi anillo?», preguntó, con una voz que no reconocí.
