Un amanecer brumoso, un muelle desierto, un anciano sentado solo en un banco. A primera vista, nada fuera de lo común. Excepto que a su lado yace un pastor alemán suelto, inmóvil, con los ojos bien abiertos. Entonces llegan las sirenas, los uniformes, las armas. Y se da la orden. Lo que sucede a continuación, nadie lo había previsto, ni siquiera el experimentado comandante a cargo de la operación.
Una mañana cualquiera que cambia en cuestión de segundos.
Don Ernesto es un exsoldado. Todas las mañanas, viene a ver el amanecer sobre el muelle. Es su rutina, su ritual, su remanso de paz. Esa mañana, un gran pastor alemán se acercó y se acomodó tranquilamente a su lado, como si lo conociera de toda la vida.
Sin correa. Sin placa. Solo una presencia tranquila, casi reconfortante. Don Ernesto le acarició suavemente el lomo, sin saber que este encuentro lo cambiaría todo.
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