Cuando sus insultos se convirtieron en amenazas, me marché con una maleta y el bebé que aún crecía dentro de mí. Sus últimas palabras me persiguieron a todas partes:
“Me aseguraré de que no te quede nada, Audrey. Ni siquiera a ella.”
Esa mañana, un fuerte golpe rompió el silencio.
Grace se sobresaltó y lloró. Sentí un nudo en el estómago.
Cuando abrí la puerta, un agente judicial estaba allí parado con un sobre grueso en la mano.
“¿Audrey Miller? Ya te han dado la lección.”
Me metió los papeles en las manos y se marchó.
Dentro había una petición de custodia.
Richard estaba demandando la custodia exclusiva de emergencia.
La declaración jurada me describía como una madre pobre, exhausta y negligente que vivía en condiciones inseguras. Convirtió mis turnos nocturnos en abandono y mi pequeño apartamento en prueba de mi incapacidad. Su abogado, Arthur Pendelton, había convertido cada conflicto en un arma.
