La llamada al fideicomiso.
Los movimientos bancarios.
Lucía juntó las manos sobre su escritorio.
—No le digas todavía que estás preparando el divorcio.
—¿Crees que intenta robarme?
—Creo que un hombre que espera tener acceso a 18 millones que no son suyos puede haber comprometido dinero que todavía no tiene.
Cuando regresé a casa, Javier se estaba poniendo la corbata frente al espejo.
Me miró.
—¿Vas a ir así?
—Así cómo.
Señaló mi cabeza.
—Podrías usar una peluca o un pañuelo.
Casi me reí.
Él me había rapado mientras dormía.
Y ahora le preocupaba que los demás vieran lo que había hecho.
Mientras terminaba de cambiarse, dejó abierta su computadora sobre la barra de la cocina.
Pasé junto a ella.
Apareció una notificación.
En cuanto se libere el capital, firmamos la compraventa el viernes.
Me detuve.
El mensaje venía de un asesor inmobiliario.
Abrí el correo.
Había planos.
Cotizaciones.
Fotografías de una residencia en Ajijic.
Precio de compra: 14.8 millones de pesos.
Proyecto de remodelación.
Muebles.
Mudanza.
Entonces encontré otro correo.
Lo había enviado una mujer llamada Natalia Robles.
La conocía.
Consultora empresarial.
Rubia, elegante, siempre demasiado sonriente cuando coincidíamos en eventos.
El correo decía:
Me prometiste que esta casa sería nuestro comienzo. Dijiste que después del aniversario todo estaría resuelto.
Seguí leyendo.
Javier había respondido:
Andrea va a estar bien. Después de 10 años también merezco empezar de nuevo.
Sentí náuseas.
No estaba preparando una inversión para nosotros.
