Mi esposo me rapó mientras dormía el día de nuestro aniversario y dejó una nota burlándose de mí. No lloré.

 

—¿Qué quería?

—Preguntó si, una vez que firmaras la autorización, tu esposo podría disponer directamente de los fondos.

—¿Sabía cuánto dinero había?

—Sabía que eran aproximadamente 18 millones.

Me quedé helada.

Javier era la única persona, fuera de mi familia inmediata y mis abogados, que conocía la cantidad exacta.

Abrí nuestra cuenta conjunta.

Encontré 3 pagos que nunca había visto.

Una investigación de propiedad.

Un anticipo a una agencia inmobiliaria.

Y 96,000 pesos entregados a un despacho de interiorismo.

Casi 170,000 pesos habían salido en menos de 5 semanas.

Escuché pasos detrás de mí.

Cerré la computadora.

Javier entró en la cocina con una caja de pan dulce.

Miró mi cabeza.

Sonrió.

—Veo que no te lo tomaste tan mal.

—¿Lo hiciste tú solo?

La sonrisa se le movió apenas.

—Claro.

—¿Seguro?

—¿Quién más habría sido?

Dejó la caja sobre la barra.

—Andrea, en serio, es cabello. Vuelve a crecer.

Lo miré durante unos segundos.

Él creía que antes de terminar el día tendría acceso a 18 millones de pesos.

No sabía que acababa de perderlos.

Y yo todavía no sabía para qué los necesitaba con tanta urgencia.

Parte 2: Esa tarde fui a ver a una abogada de divorcios llamada Lucía Herrera.

Le conté todo.

La cabeza rapada.

Las cámaras desconectadas.

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