Pero aquella tarde aprendí algo que era aún más importante.
Cuando el relato de un niño, los hallazgos médicos, las grabaciones y las explicaciones cambiantes de una persona comienzan a apuntar a la misma secuencia, el siguiente paso no es inventar una respuesta.
Se trata de preservar las pruebas y dejar que los hechos hablen por sí mismos en el orden en que ocurrieron.
Mi hija se había caído.
Ella había resultado herida.
Y antes de que nadie pudiera reescribir aquello esa tarde, me propuse asegurarme de que el registro original permaneciera exactamente donde debía estar.
