Bruno había salido temprano esa mañana. Me dijo que tenía una reunión importante con un proveedor de cemento en la sucursal norte, y que probablemente llegaría tarde a casa. Lo despedí con un beso, sin sospechar nada. Manejé sola disfrutando del silencio, de la carretera flanqueada por árboles, pensando en lo mucho que extrañaba esas tardes con mi mamá.
La camioneta frente a la casa
Cuando llegué a la calle empedrada de mi madre, algo me hizo detener el auto antes de llegar a la puerta. Reconocí el vehículo estacionado justo enfrente: era la camioneta de Bruno, la misma que manejaba todos los días, la que yo conocía de memoria por la calcomanía descolorida en la esquina del parabrisas. Sentí un vacío en el estómago. ¿Qué hacía ahí, si se suponía que estaba a tres horas de distancia, en dirección completamente opuesta?
Bajé del auto despacio, con el corazón latiendo con fuerza. Caminé hacia la puerta y, antes de llegar, escuché algo que me heló la sangre: gritos, y el llanto desesperado y entrecortado de mi madre. No lo pensé dos veces. Empujé la puerta, que no estaba cerrada con llave, y entré corriendo.
Una escena que no podía comprender
Mi madre estaba sentada en el sillón de la sala, con el rostro cubierto de lágrimas, temblando. Frente a ella, de pie, estaba Bruno, con una expresión entre sorpresa y algo parecido al pánico. “¿Qué está pasando aquí?”, grité con la voz quebrada. Mi madre se levantó de golpe y corrió a abrazarme con una fuerza que nunca había sentido en ella. Bruno no dijo nada: tomó su chamarra del respaldo de una silla y salió casi corriendo, sin mirarme a los ojos. Segundos después escuché su camioneta alejarse.
