Después de la boda, mi madre le ofreció a Bruno un puesto en la empresa. Empezó como gerente de un área pequeña, pero pronto demostró habilidad para los negocios, para hablar con proveedores y para cerrar contratos. Con el paso de los años fue subiendo posiciones, y cuando mi madre decidió retirarse poco a poco de las operaciones diarias para mudarse al pueblo donde había crecido, Bruno se convirtió en el director general. Yo trabajaba en el área de finanzas, y entre los dos llevábamos la operación mientras mi madre disfrutaba de su retiro rodeada de sus gallinas, su huerto y sus vecinas de toda la vida.
La maternidad y el alejamiento
Todo cambió cuando nació nuestro hijo Mateo. El embarazo fue complicado, con varios sustos que nos tuvieron semanas enteras en el hospital. Cuando por fin nació, decidí dedicarme a él tiempo completo. Bruno se quedó al frente de la empresa, que creció con dos sucursales nuevas. Se volvió una persona ocupada: siempre con reuniones, viajes de trabajo y el teléfono pegado a la oreja. Yo entendía y confiaba en él completamente.
Con Mateo tan pequeño, mis días se llenaron de pediatras y noches sin dormir. Empecé a ver a mi madre con menos frecuencia. Antes la visitaba cada dos semanas; con el bebé, las visitas se espaciaron a una vez al mes o menos. Hablábamos por teléfono casi todos los días, pero no era lo mismo que sentarme en su cocina a tomar café.
El viaje inesperado
Aquella mañana de martes, Mateo por fin había empezado a dormir siestas más largas y sentí que era momento de visitar a mi madre. Le pedí a Carmela, la niñera que nos ayudaba desde que Mateo tenía tres meses, que se quedara con él. El pueblo estaba a hora y media en carretera desde la ciudad.
