A partir de ese momento, ya no pude ver mi baño de la misma manera. Cada superficie húmeda me parecía sospechosa. Cada sombra me daba la sensación de que podía ocultar algo.
Al final, no se trataba solo de la sanguijuela en sí. Era la sensación que dejaba: el recordatorio de que incluso en los lugares más limpios y seguros, puede aparecer algo inesperado. Y una vez que lo ves, jamás lo olvidas.
