Cuanto más lo miraba, más se desbocaba mi imaginación. Revisé cada rincón del baño, las tuberías, el techo, incluso las sombras. No dejaba de preguntarme si se había movido o si había más escondidos en algún sitio.
Pensé en quién había usado el baño antes que yo. ¿Alguien lo habría pisado? ¿Habría salido del desagüe? La idea de que pudiera haber entrado desde algún lugar oscuro y húmedo me ponía los pelos de punta.
Finalmente, me acerqué para observarlo mejor, esforzándome por no entrar en pánico. Fue entonces cuando noté su textura y su ligero movimiento. No era plástico. No eran escombros. Era algo vivo.
Tras buscar en internet y comparar imágenes, finalmente encontré la respuesta. Era una sanguijuela. Un animal que se alimenta de sangre. Al darme cuenta de eso, sentí de repente que todo era inseguro.
