Después de dar a luz, mi adinerado padre vino a verme a la sala de recuperación privada. Se le veía orgulloso, sosteniendo flores que costaban más que el alquiler de la mayoría de la gente.

—Deberías descansar —dijo—. Mañana hablaremos de firmar los documentos de atención posparto.

“Documentos de apoyo para la custodia”, corregí en voz baja.

Su sonrisa se quebró.

Mi padre no lo vio. Celeste sí.

Y por primera vez desde que entró en la habitación, dejó de fingir que lloraba.

Parte 2

A la mañana siguiente, Damon llegó a mi habitación del hospital acompañado de un notario.

Llevaba un suéter de cachemir y la expresión amable que mantenía para las cámaras. El notario estaba de pie a los pies de mi cama, incómodo, sosteniendo una carpeta tan gruesa que podría contener toda la vida de una mujer.

—Es algo temporal —dijo Damon, apartándome el pelo de la frente como si fuéramos amantes en una película—. Solo se trata de autorización médica, asuntos financieros del hogar y una cláusula de tutela mientras te recuperas.

Miré la carpeta. "¿Y si no firmo?"

Celeste respondió desde la puerta: “Entonces tendremos que considerar si estás lo suficientemente estable como para cuidar al bebé”.

Mi padre permanecía de pie detrás de ella, en silencio, con aspecto envejecido respecto al día anterior.

Damon se inclinó más. —Nadie quiere ir a juicio, Marin. Y menos con tu historial.

Mi historia. Tres meses antes, tras descubrir retiros de mi cuenta de inversión, Damon los había descartado como "paranoia del embarazo". Una semana después, mis vitaminas prenatales tenían un sabor amargo. Dejé de tomarlas y envié una cápsula a un laboratorio privado usando el nombre de mi mejor amiga. El informe resultó lo suficientemente limpio como para no matarme, pero lo suficientemente contaminado como para marearme. Sedantes. Cantidades ínfimas.

No lo había confrontado. La confrontación era para la gente que no tenía ningún plan.