Antes de que las pantallas ocuparan cada minuto libre, la amistad se cultivaba con paciencia. En los años 70 no existían las notificaciones constantes, tampoco los mensajes instantáneos ni la ansiedad de ver si alguien ya leyó lo que escribimos. Los vínculos se construían con calma, y esa lentitud le daba a cada gesto un valor que hoy parece difícil de reproducir.
El contacto entre amigos ocurría en persona, a través del teléfono fijo que solía estar en la sala o mediante cartas escritas a mano, muchas veces perfumadas o adornadas con pequeños dibujos. Esperar una llamada, abrir un sobre o pasar horas conversando en la banca de una plaza eran experiencias que dejaban huella y que, décadas después, aún se recuerdan con cariño.
Conversaciones cien por ciento humanas
En aquella época no había emojis ni confirmaciones de lectura. Lo que había era mirarse a los ojos, reír juntos y prestarle al otro toda la atención posible. Ese nivel de conexión le daba a las amistades una intensidad que los mensajes rápidos difícilmente logran igualar.
Cuando dos amigos se encontraban, el mundo alrededor parecía detenerse. No existía la tentación de revisar el teléfono cada pocos minutos ni la sensación de estar en varios lugares al mismo tiempo. La presencia era total.
