Casado con una mujer 30 años menor: lo que vi en mi vaso de agua cada noche

Todo empezó con una llamada que jamás imaginé recibir. Del otro lado de la línea, la voz del médico sonaba cautelosa, como si midiera cada palabra antes de dejarla salir.

—Señor Ramírez, el análisis de la muestra detectó un sedante de uso controlado. En una cantidad que no corresponde a ningún tratamiento suyo. ¿Lo toma usted por prescripción?

—No —respondí—. Nunca he tomado nada parecido.

—Entonces alguien se lo está dando. Y le recomiendo que no vuelva a beber nada que no haya preparado usted mismo.

Seis años de mañanas pesadas

Colgué y me quedé inmóvil dentro del auto, en el estacionamiento de la clínica. De pronto, todo lo que yo había atribuido a la edad empezó a acomodarse en otro lugar: las mañanas en que despertaba con la cabeza embotada, las noches enteras que no recordaba, las veces en que Daniela me decía con una sonrisa: «Dormiste como un niño, mi viejo lindo».

Yo pensaba que a casi sesenta años uno simplemente se vuelve más lento. Nunca sospeché que hubiera otra explicación.

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