Luis ya no era aquel muchacho descalzo del campo. Ahora era dueño de una ferretería, conducía un camión reluciente y vivía en una casa grande con su esposa, Verónica, quien nunca había ocultado su incomodidad ante su familia rural. Rosa se dijo a sí misma que no mendigaría, solo pediría un pequeño préstamo para comprar comida. Ya encontraría la manera de devolvérselo después.
Al llegar, la imponente puerta la hizo dudar. Tocó el timbre con dedos temblorosos. Tras una larga espera, apareció Verónica, impecablemente vestida, con expresión distante.
“¿Qué necesitas, suegra?”
Rosa intentó sonreír. “Vine a ver a Luis… solo para pedirle un pequeño favor”.
Verónica la miró de arriba abajo antes de llamarla para que entrara. Luis apareció unos instantes después, teléfono en mano, con evidente prisa.
¿Qué te pasa, mamá? Estoy ocupada.
