Una chica apareció junto a mi cama de hospital y luego dijo mi nombre.

Pasé quince días postrada en una cama de hospital tras el accidente de coche; quince largos días que se confundieron bajo las intensas luces fluorescentes y el constante y rítmico pitido de las máquinas. Mi cuerpo sufrió lesiones que aún no comprendía del todo, y perdí la voz, atrapada entre el dolor y la medicación.

Los médicos me dijeron que tuve suerte de sobrevivir, pero no lo sentí como suerte. Sentí como si estuviera suspendida en un espacio inmóvil y vacío, donde el tiempo seguía avanzando sin mí. Mis hijos vivían lejos y no podían venir, mis amigos volvieron a sus rutinas y las horas se hacían interminables, siendo las noches las más difíciles de todas.

Fue entonces cuando la soledad se instaló, pesada y completa. Casi todas las noches aparecía una chica: callada, de unos trece o catorce años, con el pelo oscuro recogido detrás de las orejas y unos ojos que parecían mucho mayores de lo que aparentaba.

Nunca se presentó ni explicó por qué había venido. Simplemente acercó una silla a mi cama y se sentó con las manos cruzadas, como si perteneciera a ese lugar. No podía hablar ni preguntar nada, pero de alguna manera me entendió.

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