Daniel tragó saliva con dificultad y llamó a la puerta.
—¿Emily? —llamó.
Su voz sonaba desconocida, casi frágil.
La puerta se abrió lentamente con un crujido.
Y allí estaba ella.
Emily… y, sin embargo, no es la Emily que yo recordaba.
Su cabello, antes rubio, ahora estaba salpicado de canas y recogido en un sencillo moño. Sus manos se veían ásperas, marcadas por años de duro trabajo.
Pero lo que más le impactó fueron sus ojos.
Seguían siendo del mismo azul suave.
Pero el calor había desaparecido.
