Daniel había construido toda su vida para evitar ese pasado. Para evitar ese pueblo. Para evitar el día en que todo se derrumbara: el día en que le gritó, la humilló, la echó de su mansión… y cerró la puerta de golpe como si estuviera cerrando un capítulo de un libro.
Pero la carta no contenía ninguna acusación.
Sin amargura.
Solo una ubicación.
Casi como si el pasado finalmente hubiera decidido llamar a la puerta.
—¿Está seguro de esto, señor Whitmore? —preguntó Marcus, su chófer de toda la vida, mientras Daniel miraba hacia la carretera.
—Esta vez… iré solo —respondió Daniel en voz baja.
Alquiló una furgoneta sencilla, dejó atrás sus trajes a medida y condujo durante horas.
