La última gota
Aquella mañana, Ricardo observó desde la ventana cómo la niñera número 37 huía con el uniforme roto y el cabello teñido de verde, víctima de una broma cruel de las gemelas. Sintió vergüenza y desesperación en partes iguales. Comprendió una verdad devastadora: sus hijas no necesitaban disciplina, necesitaban una madre, y él no tenía ninguna para darles.
Su asistente personal, Augusto, le confirmó lo que ya intuía: ninguna agencia quería enviar a nadie más. La única alternativa era contratar a una empleada doméstica que al menos mantuviera la casa funcionando mientras buscaban otra solución. Ricardo aceptó sin dudar. Cualquier cosa que restableciera un mínimo de orden le parecía un milagro.
